domingo, 20 de diciembre de 2009

El torfeíno


Cuando venga el torfeino agarrensé. Su llegada está escrita en las estrellas, en los sueños, en las puertas de los baños. Cuando venga no vamos a saber qué es arriba y que es abajo. Ya van a ver, el caos nos reptará entre las piernas.

De repente los semáforos se pondrán bizcos y las calles cambiarán de dirección. Los árboles saldrán a perseguir las ruedas de los camiones y los perros enterraran la cola y se quedaran tiesos. No estoy inventando; no. El torfeino viene, y pronto.

Un día de estos vamos a ver como se nos cae la piel y crece el pasto. Los pájaros anidarán en nuestras cabezas y pondrán huevos con gusto a banana; y las bananas harán huelga de hambre.

No se podrá dormir; no tendremos ojos que cerrar ni boca con qué bostezar. Soñaremos despiertos con almohadas de espuma y sábanas sensuales.

Nos crecerá un bonete en cada oreja y un chorizo colorado en la nariz. No habrá más gente linda; seremos todos feos, del primero al último, y nos reiremos a carcajadas moviendo las axilas.

Y lo más importante, lo más contagioso, es que el corazón de cada uno latirá al unísono con los demás corazones y se escuchará por la calles como un gran tambor. Y mientras el torfeino se mezcla con el aire, el latido se irá acelerando hasta convertirse en una chacarera, porque cada cual se enamorará perdidamente del vecino y saldremos todos juntos tomar el té a la luz de una veleta.

El torfeino está cerca, se los garantizo, agárrense fuerte o átense al piso.


sábado, 5 de diciembre de 2009

Milagro en la noche

Un loro se posó sobre un parquímetro y habló. Primero dijo algo sobre la papa, después disertó sobre la virtud de la madre de alguien. Con sus patitas recorrió el parquímetro de una punta a la otra. Era de noche. Aunque en la calle sólo había un cartonero con su carro y un perro vagabundo, los árboles y los tachos de basura parecían estar atentos, escuchando.
El loro se aclaró la garganta y con vos gruesa recitó uno de los mejores discursos de Perón. Habló de un pueblo que marcha, del olvido y la hermandad. Pidió que todos volvieran al trabajo y por último se otorgó un descanso.

El cartonero pensó que era una radio prendida en alguna casa. Los de alguna casa pensaron que era el estéreo de algún auto. Los autos pasaron demasiado rápido. El perro se rascó.

El eco de Perón se acurrucó en los rincones hasta diluirse de nuevo en el aire.

Tres hojas secas y una bolsa de polietileno pasaron volando con el viento. Todos los relojes contaron diez minutos.

El loro parpadeó, picoteó un poco el borde del parquímetro y salió volando.