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lunes, 18 de enero de 2010

Ratios

- Señor, llegó el reporte de la división Tierra, sistema Solar 278632568. Otra vez los números no dan.

- ¿Cuanto hace que mandamos al interventor?

- Dos mil años y pico.

- ¿Esta gente tiene memoria?

- De corto plazo.

- No alcanza. No están llegando a ningún lado. A estas alturas deberían haber acumulado la suficiente energía cósmica para el autoabastecimiento y reproducción de la vida. ¿Qué salió mal?

- El principal déficit lo tienen en el amor al prójimo. Los ratios muestran una caída abrupta.

- ¿Y que dicen los encargados del proyecto?

- Que dentro de sus atribuciones hicieron todo lo que estaba a su alcance. Se aparecieron infinidad de veces, aconsejaron, dictaron libros y gastaron todo el cupo de milagros. Pero al parecer esta gente no entiende. El equipo se dio por vencido.

- Eso es un problema. Tendría que transferir un nuevo equipo desde otro universo. ¿Cómo está el ratio de hambre?

- Increíblemente alto para los recursos que tiene el planeta.

- ¿Y el de fe?

- Débil. Bajó de forma proporcional a la subida del ratio de tiempo dedicado a mirar televisión.

- Ya me parecía que darles ese invento iba a traer malas repercusiones. Tome nota: Suspender la inserción del invento TV en los planetas de nivel bajo.

- Anotado.

- ¿Tenemos algún equipo disponible?

- No señor.

- ¿Hay vida en otro planeta del sistema? Podríamos hacer una selección y transferir a los elementos más valiosos.

- Ningún planeta del sistema es habitable para esa forma de vida. Fue un proyecto experimental.

- Recuérdeme hablar con el genio que lo ideo. ¿Sabe quién fue?

- Satanás.

- Entiendo, lo hizo para molestarme. Tiene bien ganado su despido.

- ¿Y que hacemos con la tierra?

- En vistas a los resultados, creo que no tiene ningún sentido continuar con el proyecto.


Con un solo pensamiento, el Sol se apagó.



Basado en una idea de Juan Pablo Da Rocha donada al banco de ideas de: http://transfusiones.cruzagramas.com.ar/




miércoles, 7 de octubre de 2009

Después de cada batalla

Es noche de sábado. Se mezclan las edades, se emborrachan las eras. Como siempre, es época de guerra.

Las tropas se envuelven en disfraces que brillan en lo oscuro. Intentan cegar al enemigo, camuflar la realidad. Los espejos pronostican el resultado de las próximas batallas. Por las veredas comienzan a escucharse desfiles militares; el eco de las botas rebota en las paredes y las risas van marcando el paso. Los bares se vuelven coliseos donde los gladiadores exhiben sus espaldas de mármol, y las guerreras se pasean mostrando los rincones de sus armaduras de piel.

Mientras tanto, las mesas acunan las gestas que van naciendo...



En la barra, un caballero empuña el humo con los dedos. Su espada yace a sus pies hecha cenizas. su lado, un samurai y su katana parecen fuera de lugar. Apoyado en una columna, un gladiador siente la impaciencia de su hacha. Una corriente de sangre se desliza por ella. El mango recuerda el sabor del último tajo en la última contienda.Una doncella los mira mientras revuelve un brebaje colorido con una sombrillita; con su boca húmeda pinta un círculo de rouge en una servilleta, saca una lapicera y sobre la mancha dibuja números y letras. Bajo su hechizo, la servilleta se transforma en paloma, y emprende el vuelo hecha un bollo hasta posarse en el regazo del imitador del rey Arturo. Él reacciona de inmediato y se acerca despacio, con el sigilo propio del cazador.

La doncella y el caballero profieren frases de papel; se desafían mutuamente a luchar por el honor, a convertirse en paladines de sus propios paladares. Cierran un pacto tácito: se escapan juntos del tablero de estrategia y se van a sembrar su propio campo de batalla.

Los recibe un castillo con luces de neón, con sus murallas talladas en la piedra fundamental de la ciudad.

No piden una típica palestra: Sobre una liza cuadrada descansa una alfombra de león. Una chimenea, que los espera con la boca abierta, vomita sus llamas apenas abren la puerta.

Comienzan a jugar un juego mudo pero ella hace trampa con su risa. Él intenta hacer justicia y con un beso la devuelve al silencio. Los diez caballeros de sus manos salen a cabalgar por las montañas de la doncella, en busca del triángulo misterioso donde habita el fuego. Ella empieza a cortarle redondeles en el cuello con el filo de su lengua. La alfombra ruge de calor y deciden dejar sus disfraces y armaduras en la orilla. Se forma un solo trapo que se retuerce de excitación al verlos desnudos.

Desaparecen la doncella y el guerrero, se van de la edad media, llegan a la prehistoria; solo queda de ellos el animal primigenio, la bestia. Ella se resiste pero el macho, más fuerte por naturaleza, atraviesa sus defensas aniquilando del todo al pudor moribundo. Con su instinto hecho madera, él la pasea por el tiempo, en un vaivén que se repite una y otra vez.

Las formas se desdibujan en una mezcla de piel, sudor y saliva. Se escucha un grito de guerra que llega de Esparta, y con los ojos cerrados los cuerpos sin nombre perciben la luz de la gloria.

Las brasas se esfuerzan en chispas para festejar con ellos esa navidad. Viven un momento blanco, atemporal.


La respiración vuelve a su valor normal. Los ojos se abren y en las pupilas se filtra el miedo. Están desnudos, expuestos como un plato de carne en la bandeja de un mozo.

El peso de la intimidad intenta asfixiarlos con sogas de pensamientos. La chimenea se apaga y el león de la alfombra se duerme convertido en piedra.

En silencio, se ponen nuevamente los disfraces. El tiene hambre, piensa en una pizza. Ella se suena la nariz.

Antes de salir cada uno se mira en el espejo del baño y duda, si participará o no, en las próximas guerras.





lunes, 5 de octubre de 2009

El jokey y el tendero

Fueron enemigos desde el primer día. Apenas se conocieron comenzaron las peleas. No parecía haber motivos para que nazca tan repentina enemistad, pero a veces las cosas vienen manejadas desde arriba; el destino dicen algunos, el todo poderoso dicen otros.
Uno era un tendero que en su momento de gloria tuvo una linda tienda de cacharros pero que con el tiempo la perdió; o fueron otros los que se la perdieron, vaya uno a saber. Quizás por eso tenía esa expresión amargada. A veces daba la impresión de querer esbozar una sonrisa pero era una impresión nada más; era serio, hasta un poco triste.
El otro era jockey. Había tenido su propio caballo pero ahora solo le quedaba una camisa a rayas azul y roja y un pañuelo para el cuello. También era chueco, como quien esta muy acostumbrado a cabalgar y se queda en esa posición con las piernas para afuera. Y encima, eso lo hacía todavía más petizo. Comparado con el tendero, que media el doble de alto que él, era casi un enano.
Se podría pensar que la diferencia de tamaño y profesión fue la causa de sus constantes disputas, pero a decir verdad, eso no era motivo suficiente para tanta saña.
Quizás el jockey envidiaba la barba negra y bien pintada del tendero, o quizás el tendero detestaba esa expresión sobradora, típica de los petizos, que siempre tenia la cara del jockey. Igualmente, era difícil justificar que se quisieran matar uno al otro, que lo intentaran tantas veces y con tanta perseverancia.
El tendero, con sus musculosos brazos, solía golpear fuertemente al jockey y este, aunque no podía esquivar los golpes, resistía; parecía hecho de hierro, no muchos hubieran aguantado esas palizas.
El jockey, en venganza, lo pateaba lo mas fuerte que podía, con sus piernas chuecas directo a los tobillos, pero aunque semejantes patadas deberían doler, el tendero no parecía inmutarse.
Muchos meses pasaron en constante lucha por destruirse mutuamente, pero ninguno obtuvo el éxito definitivo.
Un día, sin que se sepa bien porque, quizás por aburrimiento, o quizás porque pensaron que la indiferencia podría hacer mas daño que los golpes, dejaron de pelear y se ignoraron. Lo hicieron de tal forma que cuando una vez el jockey se cayó en la puerta de la escuela, aunque estaba tirado en el piso y los que pasaban lo pateaban y pisaban, el tendero no dijo nada; ni amagó a levantarlo y siguió impasible con su cara amarga. Y el jockey se debió haber resentido tanto que cuando en unas vacaciones, el tendero pasó casi 10 días ahogándose en un vaso de vino, no fue capaz de mover un dedo para ayudarlo o decirle algunas palabras de aliento, nada mas se quedó mirándole la cara deformada por el color del tinto.
Igualmente, el agravio mas significativo fue cuando el jockey, sin querer, apoyó la mano en una pava que silbaba hacía rato de tanto hervir el agua. Ahí el pobre ya no fue tan duro y resistidor. No era de acero como parecía, la mano se le chamuscó y se le derritió, convirtiéndose en un muñón informe. Y el tendero, aún frente a tamaña atrocidad, ni mosqueo. No dio un grito para prevenirlo, ni lo empujó para salvarle la mano; no hizo nada.
Y así estuvieron un tiempo bastante largo. Hasta que un día, quizás porque la justicia divina se fija en todo y no hacer también es un pecado, o porque simplemente tenía que pasar, estaban los dos sentados en el respaldo de un viejo sillón de terciopelo verde, cuando un misterioso movimiento los hizo caer juntos para atrás. Alguien, seguramente el que tendría la misión divina de hacerlos comprender, o no, empujó el sillón dejándolos aplastados contra la pared sin poder moverse. La cabeza del jockey sobre el pecho del tendero, y el muñón a milímetros de la barba. La situación parecía intolerable, desesperante.

Así pasaron algunos años, una eternidad para cualquiera que piense en la incomodidad del contacto con el enemigo, de la cercanía con un muñón informe, o con una barba negra.
Al principio preguntaron por ellos, pero luego fueron olvidados, al parecer había quien los reemplace en esta vida.
Cierto día, debido a algún otro hecho fortuito hubo una nueva sacudida violenta del sillón. Ambos cayeron al piso, finalmente liberados de su tan largo tormento. Se escucharon risas, hubo saltos de alegría y un destello de luz fuerte encegueció a los presentes.
Luego fueron conducidos a un jardín particular, escondido a la vista de los curiosos, donde había muchas flores, hojas y luz del sol. Allí había otros como ellos.
Y en ese jardín oculto, se les clavaron los pies en la tierra, casi hasta los tobillos. Quedaron frente a frente como mirándose. Ya nunca pelearían otra vez, ya nunca se ignorarían, ya nunca serían torturados.

Unos días después, colgada contra una pared, se vería la foto de un hombre y una mujer, con su hijo de aproximadamente catorce años que con una gran sonrisa mostraba unos viejos y maltratados muñecos; al mirarlos con atención, se podía ver que tanto el hombre barbudo como el jockey sonreían. Al parecer, el chico los había perdido mucho tiempo atrás y los había vuelto a encontrar, pero por la edad que tenía era improbable que volviera a jugar con ellos.

domingo, 2 de agosto de 2009

El hombre lavanda

Nunca supimos quien era en realidad, ni porqué misteriosa circunstancia tenía ese olor violeta, fuerte. Mamá, que sabía de aromas, lo llamaba el hombre lavanda, y para nosotros era un mago.
Un mago que salía por las noches a querer agarrarse a trompadas con las estrellas. Desde la terraza lo veíamos parado en la esquina, con los puños cerrados en posición de boxeador antiguo, tirando piñas al aire, puteando al cielo.
Recuerdo con asombrosa claridad un día en que estábamos en la plaza con mi hermano. Nos peleábamos como posesos por una moneda que encontramos tirada en la arena. No lo vimos venir y de repente, el hombre lavanda se asomó desde atrás del tobogán. El olor se nos impregnó en la ropa. Mientras lo mirábamos con la boca abierta, y los mocos colgando por el esfuerzo de la pelea, él se agachó y agarró la moneda. Con cara de profesor de matemáticas nos dijo: éste es un centavo turbulento. Me lo llevo.
Y se fue, haciendo un pasito de baile, con nuestra moneda en la mano.
Con mi hermano lo tomamos como un mensaje de esos que sirven para toda la vida: nunca volvimos a pelear. En cambio, a partir de ese día, nos obsesionamos con el pobre hombre. Empezamos a espiarlo más seguido. Nos escapábamos de casa para escondernos atrás de un árbol y escuchar sus airadas conversaciones con la noche.
De cerca lo oíamos hacer ruidos ridículos, de trompetita de cotillón o de pandereta, y por momentos parecía hablar con alguien. Después se ponía una mano en la oreja, tal vez escuchando una respuesta. Con mi hermano nos tapábamos la boca mutuamente para no reírnos a carcajadas y que el hombre lavanda nos descubra.
También hacía movimientos alocados con las manos, como cazando moscas en el aire. No se porqué pero siempre se levantaba viento; la ropa se le inflaba y en la semi oscuridad se convertía en una masa difusa que se arremolinaba flotando sobre el empedrado.
Cuando el viento se calmaba un poco, él agarraba su botella acolchonada con una bolsa y se iba cuchicheando bajo, con un zigzag borracho, hacia el lado oscuro de la calle.
Ahí nos quedábamos mi hermano y yo, sin coraje para seguirlo y con la pregunta dibujada en nuestras caras: ¿a donde vivía el hombre lavanda?
Hasta que una noche que nuestros viejos habían discutido, la casa se puso violenta y esquiva. Tuvimos mas miedo a volver que a seguir al hombre misterioso en la oscuridad.
Nos escondimos en un zaguán cerca de la esquina. Después de los sonidos, del viento y la botella, el hombre lavanda enfiló para el mismo lado de siempre. Atrás, caminando despacio y sin hacer ruido, fuimos nosotros.
Hicimos dos cuadras viendo su sombra moverse adelante, pero cuando doblamos la esquina ya no estaba. Seguimos el olor a lavanda hasta un local clausurado. En el piso había vidrios rotos, todo estaba revuelto como si fuera la cueva de algún ciclón refugiado. En la vereda vimos la botella, ahora sin la bolsa, que resplandecía como una lamparita con brillos rojos y azules.
Con la autoridad de ser el mayor, la levanté del piso y la destapé: un montón de estrellas golpeadas salieron volando seguidas de cerca por un humo violeta.
Al hombre lavanda no lo vimos nunca más.


lunes, 18 de mayo de 2009

El cuento de Anita



Había una vez, una nenita regordeta llamada Anita, a la que le gustaba mucho leer y escribir. Su vida estaba llena de letras. Ya de chiquita escribía poemas y leía muchos cuentos de hadas y dragones, por lo que también creía seriamente en la magia.
Anita estaba muy convencida de que, además de casarse con un príncipe azul, tendría éxito y fortuna. Sus papás le habían dicho eso y ¿como no iba a ser cierto si lo decían sus papás?
La nenita siguió escribiendo y leyendo hasta que un día, cuando aún era muy joven, tuvo que elegir a donde realizar sus estudios. Ella sabía que le encantaban las letras y todas las cosas que tuvieran que ver con la creación de algo nuevo; que esa era la magia que más le gustaba.
Pero resulta que en su casa vivía un fantasma muy molesto, el fantasma de no llegar a fin de mes. Este ser amenazador iba y venia, iba y venia, poniendo a los papás de Anita muy tristes.
La nenita pensó: A mi no me va a asustar este fantasma. Yo voy a aprender una magia muy poderosa para espantarlo.
Y entonces se inscribió en un colegio muy serio, donde enseñaban a llegar a fin de mes con números negros en vez de rojos. También se buscó un trabajo en un lugar donde se contaban números, se prestaban números y se guardaban números. Pero aunque seguía leyendo y no podía olvidarse de las letras, no volvió a escribir.
Pasaron los años y todo parecía ir bien, hasta que una vez, cuando ya había logrado espantar al fantasma de no llegar a fin de mes, fue atacada por un extraño encantamiento: Cada vez que se sentaba en un aula del colegio, o cuando intentaba leer un libro con números, se quedaba profundamente dormida. Un día, hasta llegó a dormir 13 horas seguidas antes de un examen de “Números para la corona”.
Asustada por este malestar, Anita intentó aprender mil magias diferentes para ver si con eso podía evitar el sueño. Hizo magia con madera, magia con la mente, magia en otros idiomas, danzas mágicas y alguna que otra cosa más, pero como seguía haciendo cualquier cosa menos leer sobre números, decidió consultar a una bruja.
Pasó mucho tiempo hablando de su vida mientras la bruja anotaba todo en su cuaderno encantado, y estaba encantado porque si uno le hacia una pregunta, aparecían como diez preguntas más.
Y así, pregunta va, pregunta viene, Anita se dio cuenta de que los fantasmas tardan en morir, y que a veces uno no se escapa corriendo, sino durmiendo.
También se dio cuenta de que en el mundo había sapos con corona, y príncipes con patas de rana, pero que el príncipe azul vivía en un cuento.
Después de mucho tiempo de hablar y hablar junto a la bruja, logró terminar el colegio de números. Y ahí, quizás por miedo a dormirse otra vez, decidió no volver nunca más.
Hoy Anita sigue visitando regularmente a la bruja. Aún se pregunta si en algún lugar del mundo mágico los números y las letras pueden convivir en armonía, y no matarse entre si. Se lo pregunta pero en el fondo, sabe que las letras son más. Sabe que tarde o temprano, ellas ganaran la batalla y ya no quedará ningún fantasma.