viernes, 26 de noviembre de 2010
Resabio
martes, 25 de mayo de 2010
Dominó
domingo, 16 de mayo de 2010
Siéntate a esperar...
Unos kilómetros más adelante, su enemigo llegaba a la orilla después de haber dado la vuelta al mundo, cansado y feliz. Mientras se sacaba las botas y metía los pies en el agua, vio pasar un cadáver flotando boca arriba. No lo reconoció.
miércoles, 24 de marzo de 2010
Inmortalidad
Un hombre esta sentado con la cabeza levemente inclinada a un costado. La habitación donde se encuentra tiene dos puertas, una a la izquierda, otra a la derecha. El hombre está en un sillón, justo en el medio.
Desde la izquierda, una oruga se desliza con esfuerzo a diez centímetros por hora, intentando llegar a la puerta de la derecha. En un ángulo del techo, una araña comienza a tejer su red. La humedad del ambiente inicia el proceso de enmohecer las paredes.
El hombre no ve nada de esto. Su mirada está fija en una única ventana por donde la luna se ve pasar lentamente sobre un cielo oscuro.
El tiempo se detiene y la eternidad se duerme junto al hombre en el sillón.
Sin esperarlo, el techo se cubre de una espesa capa de tela de araña formando una nube pastosa. Miles de gusanos se revuelcan en el piso, intentando cruzar la habitación. Mientras, siguen reproduciéndose y el moho cubre de verde cada centímetro de las paredes y la luna parece estar fija en la ventana. El hombre suspira.
Los gusanos se detienen, también la araña, los microorganismos del moho, la luna. Todos observan al hombre.
Con un crujido, la cabeza se desprende de los restos del cuello y rueda esparciendo su cabellera gris sobre la masa de gusanos aglutinados.
jueves, 7 de enero de 2010
Lo que queda atrás
El bosque al mediodía, enfocado de lleno por el sol, parecía alegre. Los árboles se mecían al compás del viento y el ruido del río se escuchaba por sobre el chasquear de las hojas.
Entró como quien elige un camino seguro: paso firme, frente alta y una sonrisa en la cara. El ruido de sus pasos era el crujir de piedras y ramas aplastadas. La brisa, cargada de olor a tierra y agua, le acariciaba las orejas trayéndole el canto de algún pájaro escondido.
Al caminar respiraba profundo, nutriéndose de la naturaleza, absorbiendo la paz del entorno.
Ellos lo olieron desde lejos, escucharon su respiración. Se acercaron escondiéndose entre los ruidos más comunes y empezaron a seguirlo.
El los sintió a su vez, percibió su hambre. Apuró el paso, como jugando a sentirse perseguido.
Ellos se arremolinaban mezclándose unos con otros, levantando polvo y hojas. Apenas perceptibles, eran una mancha oscura que flotaba al ras del piso.
El no se dio vuelta; sabía que no los vería y que tampoco hacía falta. Su hálito sombrío estaba cerca, tan cerca que los pelos de cuerpo se le erizaron involuntariamente. Se rió por lo bajo y empezó a correr.
Ellos giraron con más prisa, emitiendo un murmullo ahogado, mezcla de lamentos y suspiros. Debían apurar la marcha si deseaban alcanzarlo. Hacía tiempo que no saboreaban esas lágrimas, que no libaban ese miedo.
Al llegar a los árboles que preceden al río, él dobló. Casi sin aire, llegó hasta el borde y se tomó un segundo eterno y sostenido.
Ellos lo observaron con espanto, estaban a pocos metros pero aún así no llegarían a tiempo. Se escuchó un aullido triste, de ayer olvidado.
El abrió los brazos y los dejó atrás. Había aprendido a volar.
Imagen basada en una fotografía de Sebastián Barrasa "El Zaiper"
miércoles, 6 de enero de 2010
Disfraces
Aunque sus apellidos de oficinistas quisieran desmentirlo, a simple vista se notaba que eran pindringos. Por eso Pérez decidió sentarse en el mismo escalón y bien cerca, a escucha de oreja.
Como dos buenos pindringos reconocibles a simple vista, empezaron una a conversar serena y legufamente. La conversación duró varias horas de remolinos de viento y nubes pasajeras. La plaza se fue llenando de proverbios turcos y de los otros, hasta que la estatua del indio, parada más arriba con la boca abierta, casi se descuelga por el peso de las utopías.
Al final, y como para redondear, Gómez sacó del bolsillo una caja de pastillas amargas, con el fin de olerlas y rememorar su pasado. Con la mirada húmeda, dijo que nunca lo habían echado de la ciudad, que él sólo decidió irse al norte, a probar si era cierto que las bolas de pasto levantan velocidades de meteorito. Porque así debía ser la vida, una bola que pasa sacando chispas en la tierra seca y si uno no se sube, no vuela, no corre, no se moja.
Pérez, ante tal hemorragia de palabras, casi no pudo meter un bocadillo, ni de queso ni de dulce de leche, pero por desgracia, cuando Gómez legufaba sobre la capacidad de filistearse del ciudadano común, Pérez llegó a decir que había evidencias irrefutables que demostraban que las luciérnagas podían filistear en el asfalto. Y eso fue lo que hizo dudar a Gómez, que ni bien escuchó esas palabras, pensó que aunque Pérez hablaba legufamente y abrazaba los mismos ositos de peluche que él en la niñez, había hecho demasiadas preguntas. Llegó hábilmente a la conclusión de que ningún pindrigno que se jacte de su condición diría jamás que algo puede filistear en el asfalto, ni las luciérnagas, ni las mariposas, ni siquiera las hojas secas que bailan como locas sin que les importen los semáforos. Los pindrignos estaban fervientemente en contra del asfalto, del trabajo bajo patrón y del baño.
Con un ágil e inevitable movimiento de hata yoga, Gómez le arrancó el gorro apindringado a Pérez y revolvió en su interior hasta encontrar la etiqueta probatoria: decía “MADE IN TAIWAN” y eso, además de decir lo que decía, también quería decir que toda la cháchara legufa había sido una estafa a la ideología pindringa. Indignado ante el cuento de las luciérnagas filisteantes, y ante la mentira, le clavó a Pérez una mirada de asesino vegetariano.
Con la cabeza gacha y despeinada por el arrebato, Pérez confesó: Si, soy solo un periodista.
Por si no fue claro, filistear es esa capacidad que tienen las pequeñas cosas de elevarnos la comisura de los labios.
domingo, 20 de diciembre de 2009
El torfeíno
Cuando venga el torfeino agarrensé. Su llegada está escrita en las estrellas, en los sueños, en las puertas de los baños. Cuando venga no vamos a saber qué es arriba y que es abajo. Ya van a ver, el caos nos reptará entre las piernas.
De repente los semáforos se pondrán bizcos y las calles cambiarán de dirección. Los árboles saldrán a perseguir las ruedas de los camiones y los perros enterraran la cola y se quedaran tiesos. No estoy inventando; no. El torfeino viene, y pronto.
Un día de estos vamos a ver como se nos cae la piel y crece el pasto. Los pájaros anidarán en nuestras cabezas y pondrán huevos con gusto a banana; y las bananas harán huelga de hambre.
No se podrá dormir; no tendremos ojos que cerrar ni boca con qué bostezar. Soñaremos despiertos con almohadas de espuma y sábanas sensuales.
Nos crecerá un bonete en cada oreja y un chorizo colorado en la nariz. No habrá más gente linda; seremos todos feos, del primero al último, y nos reiremos a carcajadas moviendo las axilas.
Y lo más importante, lo más contagioso, es que el corazón de cada uno latirá al unísono con los demás corazones y se escuchará por la calles como un gran tambor. Y mientras el torfeino se mezcla con el aire, el latido se irá acelerando hasta convertirse en una chacarera, porque cada cual se enamorará perdidamente del vecino y saldremos todos juntos tomar el té a la luz de una veleta.
sábado, 5 de diciembre de 2009
Milagro en la noche
El loro se aclaró la garganta y con vos gruesa recitó uno de los mejores discursos de Perón. Habló de un pueblo que marcha, del olvido y la hermandad. Pidió que todos volvieran al trabajo y por último se otorgó un descanso.
El cartonero pensó que era una radio prendida en alguna casa. Los de alguna casa pensaron que era el estéreo de algún auto. Los autos pasaron demasiado rápido. El perro se rascó.
El eco de Perón se acurrucó en los rincones hasta diluirse de nuevo en el aire.
Tres hojas secas y una bolsa de polietileno pasaron volando con el viento. Todos los relojes contaron diez minutos.
El loro parpadeó, picoteó un poco el borde del parquímetro y salió volando.
lunes, 20 de julio de 2009
Para olvidar
Esgrimiendo como únicas armas una hoja y una pluma, ella se acercó a esa puerta que daba al abismo. Buscaba encontrarlo.Dudando todavía, cruzó el rellano y caminó por el filo una vez más. La cornisa hacía una espiral que bajaba de forma constante y sostenida. Cúmulos de nubes oscuras se enroscaban y disolvían en las cercanías.
Reconoció el fondo y avanzó con pasos vacilantes hasta llegar abajo, a ese lugar de donde una vez casi no pudo volver. Él aún debía estar allí.
Sintió como el barro se le metía en los zapatos, y subía lentamente por sus piernas, enfriándolo todo a su paso. Intentó moverse pero así solo logró que le llegara a la cintura. Revivió el horror del hundimiento, de la inmovilidad. Con un grito lo llamó hasta desgarrarse la garganta.
Entonces volvió a verlo; reflejado entre las nubes de tormenta, entre las ramas de un árbol deshojado, entre las gotas de lluvia en la ventana.
El barro le llegó al pecho mientras lo sentía en su cuerpo, arenoso y gris. Lloró como nunca antes. Un charco de memorias se formó a su lado y la hoja y la pluma se inundaron. Él era tan triste que volver a encontrarlo fue un nudo en la garganta, un sudor frío, una lucha contra volver a abandonarse.
El barro le llegó hasta el cuello erizándole los pelos de la nuca. El reflejo, por fin, se acercó hasta su pozo de angustias y en un gesto heroico le secó las gotas que aun corrían para llegar a su barbilla.
– No me busques mas aquí – le dijo mientras se desvanecía entre los últimos renglones, entre la pluma y la hoja.
Ella volvió a tierra firme, para cerrar los ojos, para dormir el sueño reparador de los que sufren.
Triunfal, su mano sostenía ese papel, que manchado de un poema lloraba un recuerdo pero declaraba un olvido.
miércoles, 15 de julio de 2009
Visita
domingo, 12 de julio de 2009
Inspiración
El hombre abrió su cuaderno y volvió a ver al renglón vacío que lo esperaba con su típica actitud arrogante.
Se miraron. Se midieron uno al otro.
El hombre odió al renglón por su mutismo y lo cambió por un cursor titilante.
Se miraron. Se ignoraron uno al otro.
El cursor se aburrió y todo se volvió negro. Las ventanas comenzaron a volar en el vacío y el hombre las envidió porque podían volar.
Pero ellas también lo ignoraron.
El hombre, indignado, buscó su cuaderno y asesinó al renglón vacío, llenándolo de miradas y de envidia, clavándole en el pecho una ventana.
viernes, 10 de julio de 2009
Un hombre es...
Todo es blanco: las paredes, el sillón, la lámpara;
su smoking y su galera también.
Todo es blanco menos él, que es verde.
Tiene los dedos entrelazados de los pies.
¿Porqué?, alguien podría preguntarse.
Pero no hay nadie más que él para ser alguien.
Y él no se lo pregunta.
La que no está tranquila es la sala,
que se pregunta porqué el hombre es verde.
Pero la sala no es alguien.
Entonces, nadie se pregunta nada.
Hasta que llega Espera y pregunta:
¿Qué hace usted en mi sala? ¿No ve que me la llena de intriga?
- La estoy esperando – contesta él.
Y la intriga se escurre por debajo de la puerta.
La máquina de la verdad
Esto es buenísimo. Mirá, te explico: cuando a vos te pase algo que te tire para abajo, te rechaza una minusa, tu jefe te caga a pedos…ya no hace falta que le rompas las bolas a tus amigos para que te consuelen. Vos te llevas este aparato y cuando estas con el bajón lo usás. Esto adentro tiene un sistema inventado por los chinos. ¿Viste que muchos se hacían el harakiri? después de este invento los suicidios chinos bajaron como un ochenta por ciento. Bueno, vos pones el dedo en este agujero y apretás el botón verde. Ves: así. – El vendedor introdujo su dedo en una ranura cilíndrica. – Apretas acá y listo. Esto te tira la posta. Adentro tiene sensores que miden la temperatura, la humedad y otras cosas más. El aparato interpreta tus emociones y analiza la situación mejor que cualquier psicólogo. Es una maravilla. Escuchá – Dijo mientras presionaba el botón verde.
El aparato después de un zumbido transmitió: “Pepe, sos un grande. Lo tuyo no tiene desperdicio.”
El posible comprador, se terminó de convencer. Setecientos pesos era lo que salía un GPS y esto lo iba a guiar mucho mejor. – Listo, me lo llevo.
Llegó a su casa muy entusiasmado. Quería probar el aparato cuanto antes. Lo sacó de la caja y lo apoyó sobre la mesa. Se concentró en ese momento en que ella le dijo que solo era un buen amigo y metió el dedo en el agujero.
Cuando apretó el botón verde la máquina transmitió: Sos bastante pelotudo. Cómo vas a creer que un aparato puede adivinar tus emociones con sólo meterle un dedo. Pero a ver esperá… lo que si puedo percibir es que te estas sintiendo el más boludo. Y tenes razón pibe, tenes razón.
Nosotros
Mi papá, un poco por curiosidad, un poco por locura, siguiendo su instinto construyó una pirámide de cobre, la soldó con estaño y adentro puso una copa de coñac llena, en este caso, de coñac. A la pirámide conectó un cable y al cable un grabador.
Pasó varias noches grabando en casettes el cantar de los grillos. En algunas cintas se llegaban a oír los gritos de mamá diciéndole que dejara de perder el tiempo.
Y la máquina pareció no funcionar, después nacimos nosotros.





