jueves, 3 de septiembre de 2009
domingo, 30 de agosto de 2009
Una hoja filosa
Que nazca un bollo de palabras dentro de una servilleta que vuele en el viento de una tarde cualquiera, como una paloma loca, envuelta en un tornado de hojas secas. Que se pierda entre la gente, susurrando en las orejas sus letras de risa, su graznido de papel.
Pero que vuelva, que me traiga en sus alas montado un caballero. Un hombre hecho de pelos, de carnita y de huesos. Que sea mullido, apretujable y que tenga una espada. Una hoja filosa que corte los sueños mal soñados, los cielos nublados y el pan de las tostadas. Que me venga a encender la chimenea, que no quema. Y de paso que me abrace, y que me abrase, no la chimenea, no la paloma, no la servilleta, el caballero.
Bueno... la foto esta al revés...
lunes, 24 de agosto de 2009
Estando al Letra 17 - primera nota...

Encontré una hora muerta en la peluquería. En la cola del banco tuve que tirar a la basura veinticinco minutos que se me pudrieron. Un cuarto de hora, en el que podría haber dormido, se me desmayó en la parada del colectivo.
Me cansé entonces de hacerle a cada rato un velorio al tiempo y mientras esperaba que cambie el semáforo decidí que nacieran estas palabras.
martes, 11 de agosto de 2009
domingo, 9 de agosto de 2009
Historia de un adiós...
El departamento no pudo soportar tanta alegría. Los recuerdos que babeaban los rincones perdieron la cordura y poseyeron a los objetos con su espíritu caníbal.
El control remoto se suicidó en tu nombre ahogándose en un vaso de cerveza, y el sillón frente a la tele salió a ladrarle a las motos de la calle.
Cerca del horno, los libros de cocina prendieron un incendio y tus cinco cartas tristes aletearon transformadas en mariposas de fuego.
En el cuarto, tu lado de la cama se convirtió en puerto. Tu almohada de plumas, creyéndose gaviota, salió por la ventana y fue a estrellarse contra el techo de un vecino.
Las medias que olvidaste en un cajón rodaron hasta el living y ahorcaron a los hombrecitos de tus trofeos de fútbol.
Ante semejante locura de las cosas, pensé que volverías al rescate. Y por eso, sólo atine a cambiar la cerradura.
domingo, 2 de agosto de 2009
El hombre lavanda
Un mago que salía por las noches a querer agarrarse a trompadas con las estrellas. Desde la terraza lo veíamos parado en la esquina, con los puños cerrados en posición de boxeador antiguo, tirando piñas al aire, puteando al cielo.
Recuerdo con asombrosa claridad un día en que estábamos en la plaza con mi hermano. Nos peleábamos como posesos por una moneda que encontramos tirada en la arena. No lo vimos venir y de repente, el hombre lavanda se asomó desde atrás del tobogán. El olor se nos impregnó en la ropa. Mientras lo mirábamos con la boca abierta, y los mocos colgando por el esfuerzo de la pelea, él se agachó y agarró la moneda. Con cara de profesor de matemáticas nos dijo: éste es un centavo turbulento. Me lo llevo.
Y se fue, haciendo un pasito de baile, con nuestra moneda en la mano.
Con mi hermano lo tomamos como un mensaje de esos que sirven para toda la vida: nunca volvimos a pelear. En cambio, a partir de ese día, nos obsesionamos con el pobre hombre. Empezamos a espiarlo más seguido. Nos escapábamos de casa para escondernos atrás de un árbol y escuchar sus airadas conversaciones con la noche.
De cerca lo oíamos hacer ruidos ridículos, de trompetita de cotillón o de pandereta, y por momentos parecía hablar con alguien. Después se ponía una mano en la oreja, tal vez escuchando una respuesta. Con mi hermano nos tapábamos la boca mutuamente para no reírnos a carcajadas y que el hombre lavanda nos descubra.
También hacía movimientos alocados con las manos, como cazando moscas en el aire. No se porqué pero siempre se levantaba viento; la ropa se le inflaba y en la semi oscuridad se convertía en una masa difusa que se arremolinaba flotando sobre el empedrado.
Cuando el viento se calmaba un poco, él agarraba su botella acolchonada con una bolsa y se iba cuchicheando bajo, con un zigzag borracho, hacia el lado oscuro de la calle.
Ahí nos quedábamos mi hermano y yo, sin coraje para seguirlo y con la pregunta dibujada en nuestras caras: ¿a donde vivía el hombre lavanda?
Hasta que una noche que nuestros viejos habían discutido, la casa se puso violenta y esquiva. Tuvimos mas miedo a volver que a seguir al hombre misterioso en la oscuridad.
Nos escondimos en un zaguán cerca de la esquina. Después de los sonidos, del viento y la botella, el hombre lavanda enfiló para el mismo lado de siempre. Atrás, caminando despacio y sin hacer ruido, fuimos nosotros.
Hicimos dos cuadras viendo su sombra moverse adelante, pero cuando doblamos la esquina ya no estaba. Seguimos el olor a lavanda hasta un local clausurado. En el piso había vidrios rotos, todo estaba revuelto como si fuera la cueva de algún ciclón refugiado. En la vereda vimos la botella, ahora sin la bolsa, que resplandecía como una lamparita con brillos rojos y azules.
Con la autoridad de ser el mayor, la levanté del piso y la destapé: un montón de estrellas golpeadas salieron volando seguidas de cerca por un humo violeta.
Al hombre lavanda no lo vimos nunca más.
sábado, 1 de agosto de 2009
lunes, 27 de julio de 2009
Diálogo?
Se sentó en un asiento de a dos en el colectivo. Tenía cara de cansada, pero a pesar de que se le cerraban los ojos sacó una libreta y una lapicera.
– La verdad que no tengo ganas de escribir un dialogo – dijo ella.
– ¿Por qué? – preguntó la otra.
– Porque es complicado y siempre me confundo – contestó.
– ¿Quién contestó? ¿Ella o la otra? – preguntó una.
– Ella. ¿No vez que la otra preguntó?
– Ah, pero confunde escrito así – manifestó esa.
– ¿No te digo que es difícil? Y además ¿te parece que manifestó queda bien? – cuestionó con tono molesto.
– Y no sé, pero no se me ocurre otra palabra. Si no, estaría escribiendo siempre lo mismo y al lector eso le hace ruido – dijo ella.
– ¡Y a mi que me importa el lector! Si total yo no lo voy a conocer. Ella va a publicarlo – dijo la otra.
– No vez que no entendés nada. Ella soy yo – dijo ella con seguridad.
La otra, ya un poco aburrida de tanta raya de cambio de narrador, miraba por la ventanilla la puerta de la facultad de medicina.
El texto se estiraba sin sentido, escurriéndose entre bostezos mientras a su alrededor nadie hablaba.
– ¿Cómo se estira y escurre un texto? – se escuchó.
– ¿Y quién lo dijo? – pregunto ella volviendo en sí de repente.
– ¿Quién dijo que eso se escuchó o quien dijo que el texto se escurrió?
– Las dos cosas – contestó ella.
– Yo – dijo una.
– ¿Una cual?
– No importa.
– ¿Cómo que no?
– Ya no. Ya nos perdimos. Son palabras de nadie.
– Entonces Nadie viene con nosotros en el colectivo – dijo asustada, mirando a su alrededor.
Afuera, Plaza Italia se alejaba escondiéndose cada vez mas entre las calles de Palermo.
lunes, 20 de julio de 2009
Solo para entendidos...
Para olvidar
Esgrimiendo como únicas armas una hoja y una pluma, ella se acercó a esa puerta que daba al abismo. Buscaba encontrarlo.Dudando todavía, cruzó el rellano y caminó por el filo una vez más. La cornisa hacía una espiral que bajaba de forma constante y sostenida. Cúmulos de nubes oscuras se enroscaban y disolvían en las cercanías.
Reconoció el fondo y avanzó con pasos vacilantes hasta llegar abajo, a ese lugar de donde una vez casi no pudo volver. Él aún debía estar allí.
Sintió como el barro se le metía en los zapatos, y subía lentamente por sus piernas, enfriándolo todo a su paso. Intentó moverse pero así solo logró que le llegara a la cintura. Revivió el horror del hundimiento, de la inmovilidad. Con un grito lo llamó hasta desgarrarse la garganta.
Entonces volvió a verlo; reflejado entre las nubes de tormenta, entre las ramas de un árbol deshojado, entre las gotas de lluvia en la ventana.
El barro le llegó al pecho mientras lo sentía en su cuerpo, arenoso y gris. Lloró como nunca antes. Un charco de memorias se formó a su lado y la hoja y la pluma se inundaron. Él era tan triste que volver a encontrarlo fue un nudo en la garganta, un sudor frío, una lucha contra volver a abandonarse.
El barro le llegó hasta el cuello erizándole los pelos de la nuca. El reflejo, por fin, se acercó hasta su pozo de angustias y en un gesto heroico le secó las gotas que aun corrían para llegar a su barbilla.
– No me busques mas aquí – le dijo mientras se desvanecía entre los últimos renglones, entre la pluma y la hoja.
Ella volvió a tierra firme, para cerrar los ojos, para dormir el sueño reparador de los que sufren.
Triunfal, su mano sostenía ese papel, que manchado de un poema lloraba un recuerdo pero declaraba un olvido.




