domingo, 28 de febrero de 2010

Altas en el cielo


Extraña es la vida de esas señoras gordas vestidas de blanco y gris. Gustan de salir a regalar conejos, osos de peluche, monstruos de nieve y porqué no pochoclos gigantes.

Insisten siempre en hacerse los ruleros, pero el viento las despeina. Les gusta salir a pasear panza arriba como si estuvieran haciendo la plancha.

De vez en cuando sienten curiosidad y se agachan para oler la tierra o el asfalto. Se meten por los rincones, por los pliegues de la ropa, entre los pelos de la gente. Dan miedo así agazapadas, confunden a los transeúntes y complican el tráfico a la madrugada.

En ciertas ocasiones se reúnen. Discuten con sus vozarrones gruesos, se agitan, se retuercen. Reina la anarquía hasta que de repente, no vuela una mosca ni grazna un pato. Ahí, en medio de tanta tensión acumulada, se largan todas juntas a llorar. Automáticamente, se suspenden los picnics, los porteros se guardan y los gatos se esconden abajo de los toldos.

Estas señoras son buenas por naturaleza, pero sus vidas tienen un final inevitable. Están condenadas a perderse; en medio de la nada se desmayan, en medio de la brisa se disuelven. Es por eso que lloran; les gusta demasiado volar y no quieren entender que tarde o temprano, todo se transforma.