sábado, 30 de octubre de 2010

Florecer


José nunca se preguntó sobre el sentido de la vida. La caída de la bolsa en Tokio o el terrorismo en Medio Oriente no lo preocupaban. Usaba sombrero y poncho. Debajo del poncho llevaba una remera de Nike que decía “Imposible is nothing”. José no sabía nada de ingles, y de castellano apenas podía leer algunas palabras, pero para él tampoco había imposibles, sólo tenía unas pocas necesidades y estaban cubiertas por el valle donde vivía. Si alguna vez pensó en cambiar las zapatillas que lo acompañaban hacía algunos años, no fue porque lo avergonzara el agujero de la punta por donde se veía su dedo ennegrecido, si no porque otro agujero, en el medio de la suela, dejaba entrar piedras cuando caminaba por los cerros.
José no sabía que se llamaba así por el marido de María, pintado en la pared de una iglesia que sus padres visitaron poco antes de su nacimiento, ni que esa visita había sucedido hacía solo treinta y cinco años. Tampoco sabía sobre Jesús, ni sobre el cielo o el infierno. Lo que José sí sabía era hacer queso de cabra, diferenciar una vicuña de una llama y sentir en el aire que se acercaba la época donde florecían los cactus.

Aunque José alcanzaba a ver una lagartija escurrirse a más de veinte metros de distancia, las arrugas que se le amuchaban alrededor de los ojos hacían parecer que siempre esforzaba la vista. El sol del altiplano había ajado su cara, convirtiéndola en una especie de totem, de figura añeja hecha de barro. La gente de la ciudad al verlo, lo habría tomado por un viejo, pero a él no le habría importado. Para José, que nunca tuvo un reloj o un calendario, el tiempo pasaba con el sol que subía y bajaba, con las montañas y sus animales.

Sentado a la sombra, con la espalda apoyada en una pared de barro y piedra, espantó un moscardón que volaba cerca. Esos bichos eran muy molestos, invadían su intimidad solitaria y le dejaban ronchas que picaban por varios días. Lo distraían de la contemplación de los montes y las cabras. Eran los únicos que podían ponerlo de mal humor. Pero no le duraba mucho. Le alcanzaba con mirar la belleza tranquila de un cactus en flor o pensar en los quesos que guardaba en la pieza, para ponerse contento otra vez.

Su rancho era el único techo que había en kilómetros a la redonda; José no conocía el significado de un kilómetro a la redonda. Por eso, cuando pensó que pronto debía ir al pueblo, midió su viaje en cuatro noches heladas y tres días de sol que arderían en la piel. Se puso contento. Su sonrisa dejó ver que le faltaban algunos dientes.
Cada dos o tres meses hacía ese viaje para ver a la buena gente del pueblo y cambiar sus quesos por otras cosas. Pensó en los lujos que se daría esta vez: comer algunas empanadas, tomar un poco de vino. Se sintió feliz. La gente decía que José era un hombre extraño. Nadie podía aceptar que nunca se preguntara cual era el sentido de la vida...

viernes, 29 de octubre de 2010

Regalo de los dioses

Sucia, enterrecida. Tierna en su ignorancia. Amorfa y solemne.
Nacida en la oscuridad, enceguecida por la luz y transportada. Su espíritu no perece con su muerte. Su alma se digiere lenta, pesada.
Su interior crema exuda agua. Su cuerpo huele a lo sutil y cotidiano; sabe a ella misma, a ninguna otra.
Vestida de tierra, de piel, de papel aluminio. Florecida, pelada, pasada, podrida. Tan común y sin embargo tan ecléctica y polifacética. Sólida y leve, fuerte y esponjosa. Servida simple, sosa o ensalsada. Cortada en pedazos, entera o aplastada. Hervida, frita, quemada en la hoguera y renacida.
Universal, no distingue razas ni credos, no milita ni profesa. Querida por los ricos, amada por los pobres. Famosa y humilde; socialista y gourmet. Compañera de todo, enemiga de nada.
Creada por los dioses. Perfecta.


miércoles, 27 de octubre de 2010

Viajero

Ese día, como tantos otros, no sabía dónde buscar, así que se subió al primer colectivo que pasaba. Se paró frente a la máquina con cara de desilusión. El chofer pareció compadecerse y le marcó el boleto más barato. Él no lo contradijo.
Distraídamente metió la mano en un bolsillo y vació el contenido en la máquina. Entre las monedas se fueron dos pelusas y un botón. El boleto tardó en salir. Cuando lo hizo, el papel estaba doblado en forma de barquito. Él esperó hasta sentarse en un asiento del fondo para desdoblarlo. En el medio de la hoja, coronada por una equis dibujada con crayón, se leía la frase: Usted se encuentra aquí y ahora. Terminó de leer y levantó la vista. Se prendieron todas las luces del colectivo. Alguien gritó ¡PARADA! y todo se detuvo.
Y fue en ese momento cuando se dio cuenta que tantos boletos, tantos pasajes de avión, tantos kilómetros recorridos, sólo lo habían llevado a estar en ese lugar y en ese momento.
Miró por la ventanilla y entre las multitudes, los carteles y los puestos de diarios, vio algo que brillaba. Era una señal, o no. Con la seguridad que le daba saber su lugar en el mundo, tocó el timbre y a la vuelta de una esquina se bajó.




martes, 21 de septiembre de 2010

¿Ensueño?


En la orilla habitan los monstruos. Reptan, babean, rasguñan el suelo. Amorfos, mezcla de espantos incrustados en latas de conserva, en verduras pútridas. Fragmentos incoherentes de días del pasado y del porvenir. Fueron creados para generar el miedo, el terror que impide el paso, que guarda las aguas. Nadie debe cruzar más allá. Nadie puede ver el mecanismo siniestro, la lucha constante que transcurre en lo profundo, en el limbo caótico donde moran todos los pensamientos, todos los deseos, todos los recuerdos, ahí donde se alzan las torres de piedra. Estructuras inconstantes, parásitas una de la otra. Enfrentadas por el correr del tiempo. Opuestos nacidos de una misma sustancia.
La más cercana a la orilla es la torre que arde, se excita. Donde los deseos más oscuros se asoman desnudos por las ventanas. Algunos pensamientos puros, encandilados por el fuego y el calor, son atraídos hacia ella. Se cuelan por las paredes de atrás cargando la mochila de su culpa. Saltan las vayas de la moral o simplemente entran por la puerta que les abren los de adentro. Los que le rinden culto a los placeres carnales, los que se arrojan al fuego mientras entonan canciones obscenas y aúllan orgasmos.
Las escaleras de la torre son amplias, fáciles, pero la puerta de entrada es sólo un agujero profundo. Un recuerdo peregrino, llevando su bolsa de melancolía, se dispone a entrar. Se le aparecen un santo y un pecaminoso. Le exponen sus razones, pero es el recuerdo de un acto prohibido y sigue su camino dispuesto a arder.
Junto a la torre emergen vapores que inundan el cielo. Alguien quiso controlarlos y construyo paredes a su alrededor, pero cuando el aire viciado llega a la superficie no hace más que explotar. Forma el hongo de la bomba, el árbol de la ciclotimia y de la bipolaridad. Se clava en el cielo ensuciando las nubes con gritos y quejas. Un cielo donde dios nunca se asoma, un cielo sin pájaros.
Por tierra, una gran montaña separa las torres. Es la jueza que siempre se muestra imparcial. En la cumbre exhibe razones punzantes, pero a sus pies, la ira y la calma luchan mano a mano por la supervivencia. Aunque aspira a controlar todo el continente, la jueza no sabe de torres ni de guerra, sólo genera pensamientos encontrados que no saben a donde pertenecen.
Por el río etéreo que fluye hacia las costas, en un barco rancio y achacoso, los recuerdos de la infancia huyen del fuego hacia un lugar seguro. Van guiados por la vergüenza y buscan preservarse de la corrupción. En otra barca, encadenadas entre sí, viajan las dudas que chocaron contra el orden y las ideas sediciosas. Quizás nadie vuelva a verlas. Serán confinadas a la torre oscura. La torre donde yacen los recuerdos olvidados, donde se pudren, en habitaciones cuadradas y mohosas, los sueños destinados al fracaso. A su alrededor hay una aldea. Las ventanas son tan mínimas que no dejan ver los secretos atrapados en las casas de cemento. Por los callejones, el silencio camina sin el ruido de los pasos y los susurros se filtran por las cerraduras de las puertas.
Al otro lado, en otra orilla, una mujer duerme entre nubes de piedra. Ajena a todo. Los monstruos la asustan y con eso alcanza. No sabe de torres, ni de montañas. No reconoce ni a su propio yo recostado a su lado. Ni siquiera ve los rayos de luz que se filtran por la arcada que da al exterior…


jueves, 2 de septiembre de 2010

Monstruos con boleto

Se deslizan como anguilas, empujan, aprietan y se contorsionan. Absorbiendo el espacio vital de otros, crean un lugar que antes no existía. Los demás los miran con asombro, desconcertados ante tal falta de respeto.

Quizás necesitan cariño, contacto físico, por eso buscan meterse bajo los sobacos de otra gente. Quizás no encuentran su lugar en el mundo o tienen una errónea percepción del tiempo y del espacio

Los otros piensan en la impunidad. Y mientras, se van acostumbrando a la idea de compartir un trozo de vida con estos especímenes, que se quedaran sólo hasta ver una nueva luz, un nuevo resquicio, para adentrarse a los codazos, a joder a otros, más atrás.

ámbito de influencia

domingo, 22 de agosto de 2010

Destiempo

Estimado Príncipe Azul:

El motivo fundamental de esta misiva es ponerlo en conocimiento de mi situación actual y comunicarle que lo encuentro en falta para conmigo.

En los más tiernos años de mi niñez me fue informado que usted se presentaría ante mí en los años venideros y que, siendo poseedor de admirables virtudes, estaría dispuesto a realizar las más osadas hazañas en pos de ganar mi corazón. Hecho esto, compartiríamos el resto de nuestras vidas comiendo perdices y disfrutando de sus riquezas.
El inconveniente que quiero hacerle saber surge en este punto, ya que el comienzo de la relación debería haberse producido, estimo, hace algunos años.

En un principio he esperado encontrarlo a la vuelta de la esquina, lo que me generó una molesta taquicardia que aún hoy perdura. Después, ante su demora, comencé a confundirlo con hombres de los alrededores que no sólo no cumplían con sus condiciones económicas, sino que han osado hacerme sufrir. No se preocupe que igualmente, de ellos sólo me han quedado el sinsabor y algunos muebles.

Lo importante es que, aunque nunca supe la fecha exacta de nuestro ansiado encuentro, es de suma urgencia que se produzca a la brevedad. La larga espera comienza a producir efectos adversos en mi persona, como alteraciones cíclicas del humor, desordenes de peso y síndrome del ceño fruncido, entre otras.

Si el motivo de su retraso es la conquista de riqueza, la obtención de títulos nobiliarios, o de otro tipo, considero que ya ha pasado el tiempo suficiente para que concluya esos emprendimientos. He conseguido trabajo y, sin ánimo de ofenderlo, a estas alturas no me preocuparía ganar más que usted.

Sepa que me urge obtener alguna prueba de su existencia para poder enfrentar a aquellos que se empeñan en decirme que ya no quedan caballeros dispuestos a luchar por el amor de una damisela, e insinúan que si sigo esperándolo, ya no pasará ninguna carroza dispuesta a transportarme.

Por último, debo ponerlo en conocimiento de que su demora ha hecho nacer un pernicioso pensamiento que aparece de forma recurrente en mí mente. Un pensamiento que proclama a viva voz que en realidad usted no existe, que me han mentido, que ha sido todo un cuento.

A la espera de un cercano encuentro,

Con amor acondicionado

La Princesa

martes, 20 de julio de 2010

No por el día de hoy

Ser amigo
no es un mensaje de texto,
no es un mail con ositos de peluche
ni es escribir en tu muro de facebook

Ser amigo
no es el 20 de Julio
no es el regalito
ni la culpa por no habértelo comprado

Ser amigo
es no darse cuenta del tiempo que pasó
y que no importen los aniversarios
poder llorar como bebés sin el más mínimo pudor
o babearnos de la risa

y son las presencias,
esperar con alegría el día de juntarnos
y servirnos de muralla cuando el bajón asedia
o de papel picado los días que haya fiesta

es una hermandad por convicción, una religión en comodato
un código interno
un significado nuestro
es que me entiendas lo que no digo
y que a veces sepas quien soy mejor que yo

y son cervezas y es champagne
y son tantos cafés, tantos mates, tanta catarsis,
las anécdotas con orgullo
el amor sin monogamia
y querer y enojarse y entender y perdonar
y querer un poco más

Ser amigo es no poder evitar la sonrisa cuando aparecen los recuerdos.



Quiero agradecer a Emilse Mancebo, quien me ayudó a ordenar un poco todas las ideas que había en entre estos versos.

jueves, 8 de julio de 2010

Efímeras

Las burbujas no se ocupan de exteriores. Viven al día sin pagar la cuenta. Acechan las esquinas de vueltas inesperadas o anidan en los huecos de las agendas.
Las burbujas no pronuncian verbos en pasado, no consideran las probabilidades. No deshojan margaritas, ni prometen, ni sueñan. Se les da por pasearse a cualquier hora por las vidas de los desengañados. Dibujan historias en las paredes de los presos, deslumbran ciegos, reviven muertos. Bordan memorias en los aeropuertos mientras huyen sin dejar su paradero. Y se van escupiendo lagrimones. Y su estela enhebra dudas en el aire. Ese que respiran los que pierden las apuestas, los que creen que un destello puede durar más que una vida de mariposa.
Yo las extraño como a los cuentos de la infancia, pero dudo de sus recuerdos cada vez que parpadeo. Será que las encuentro siempre lejos. O que ellas me encuentran, traicioneras, para inmolarse contra el viento apenas dejo de mirarlas.

martes, 25 de mayo de 2010

Dominó

La diosa fortuna decidió jugar al dominó con los edificios del barrio financiero. Con su dedo gigante golpeó al primero, este golpeó al siguiente y así, con gran estruendo, no quedó ninguno en pié. Cientos de ventanitas luminosas titilaron al caer. Los vidrios formaron flores brillantes en las veredas y en las plazas. Miles de oficinistas escaparon de sus jaulas. Algunos aletearon felices sobre el río, cantando canciones de su juventud que habían olvidado. Otros, los que nunca habían aprendido a volar, dibujaron manchas rojas sobre el asfalto.

domingo, 16 de mayo de 2010

Siéntate a esperar...

Un hombre se sentó a la vera del río esperando ver pasar el cadáver de su enemigo. El primer día pasó nadando una mula, sobre su lomo viajaba un mono con sombrero de pana. El mono lo saludó, pero como no había pasado el cadáver de su enemigo, el hombre se disgustó. El segundo día pasó una caravana de flamencos, cada uno con un cascabel colgado al cuello. El sonido envolvió al hombre, pero como no había pasado el cadáver de su enemigo, él se entristeció. El tercer día, una barca cargada de cortesanas vestidas de seda, se acercó a la costa y lo invitó a subir, pero como aún no pasaba el cadáver de su enemigo el hombre se negó.
Los días se sucedieron y él esperó y esperó. Estaba cada vez más disgustado y triste. Muchas cosas pasaron por el río y él las ignoró, hasta que un día, ya viejo y cansado, se dio cuenta de que había desperdiciado su vida en la espera. Fue tal su amargura que se zambulló en el río y se ahogó.
Unos kilómetros más adelante, su enemigo llegaba a la orilla después de haber dado la vuelta al mundo, cansado y feliz. Mientras se sacaba las botas y metía los pies en el agua, vio pasar un cadáver flotando boca arriba. No lo reconoció.